La fiera interior
Cuando te reencuentras con personas de tu pasado uno puede recordar quién fue y quién se es desde otros aspectos de la vida. Muchas veces queremos ocultar o dejar a un lado partes de nosotros mismos que no nos agradan tanto, pero que en el fondo en ciertas situaciones también son importantes darles su lugar.
Estos días he recordado a la fiera, ese lado “perrucho” que habita en mi. Amistades de mi infancia me han hecho re-conectar con esos recuerdos, con esa energía, con ese aspecto interno que no se deja, que se defiende y que no deja que nadie ni nada le pisotee, le haga sentir menos, o con menor valor. Esta “fiera” me recuerda el cómo me gusta sentirme, que me hagan sentir y de dónde me he movido o me voy moviendo, cuando no siento realmente una igualdad en el dar y recibir.
Cuando una persona en su niñez vive situaciones como violencia o bulling, hace que las persona pasen por dos posibilidades: 1- Volverse un fiera al reconocer su propio valor y por ende, no dejar que nadie le lastime ni a sí mismo, ni a sus seres queridos. 2- Quedarse en el estado de la víctima sin hacer nada, perdiendo cada vez más su propia autoestima y reforzando el creerse que no vale.
En qué estado la persona se sitúe depende mucho de múltiples factores, incluso lo más certero es reconocer que no solo existen estas dos posibilidades, sino qué hay muchas más mezclas y situaciones que pueden jugar en este papel, que pueden surgir frente a dichas vivencias.
Mis amigas fieras me ha recordado lo cabronas que son, no se dejan por nadie ni nada. Defienden lo suyo con voz, uñas y fuerza. Ellas no se van con rodeos, ellas no asumen la hipocresía como forma de vivir, ellas no aparentan ni mienten por quedar bien, ellas son transparentes cuando algo les gusta y cuando algo no les gusta también. Ellas no son de aparentar, ni de querer gustar solo porque si, ellas se mueven desde la transparencia siendo honestas ellas mismas.
Sin embargo, pienso que muchas veces esa fiera se sale de si y herir a las personas cuando en un inicio nada estaba enfocado a ello. Quizás una energía atorada en el tiempo y que se desata ante ciertas situaciones que tocan esos botones dolorosos hacen que la “fiera” salga. Quizás el enojo guardado o el resentimiento que habita.
Pero… ¿realmente el resentimiento es hacia alguien más? Quizás el resentimiento sea hacia uno mismo, el enojo sea hacia si mismo. Enojo y resentimiento de no haber hecho algo antes, de haber permitido que un otro pasara el limite tantas veces o incluso que uno mismo dejara pasar ese limite constantemente. Entonces el enojo es realmente con uno mismo, por no haber hablado, no haber “peleado” lo propio, no haber hecho nada por ese algo que realmente se quería.
La injusticia detona muchas cosas, para cada quién será distinto, la gran diferencia quizás está, en lo que cada uno hace con ello.
Estos días me han llevado a la reflexión y consciencia de la importancia de hablar la propia verdad, de ser sinceros, sabiendo que al otro pueda o no gustarle, pero que al final quedarse callado puede ser un golpe bajo a uno mismo, sobre todo cuando uno lo que quiere es hablar. El enojo, el resentimiento y el perdón están juntos, van de la mano. Primero hay que perdonarse a uno mismo y moverse desde la justicia que se quiere vivir.
Hay que permitir que las emociones tomen su lugar, no es malo enojarse, no es malo llorar. Quizás lo que es malo es no dejarse expresar, reprimir la fiera interna que tiene un mensaje que mostrar. Para poder encontrar paradójicamente, ese punto medio, ese valance y equilibrio interior. Recordando que nadie más que uno puede ser la labor.
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