Wirikuta
Wirikuta era uno de mis lugares que sabía -algún día- quería visitar. Nunca le había puesto una fecha tentativa, solo sabía que esa palabra y ese lugar lo había escuchado desde mis inicios en el camino rojo y siempre me había llamado conocerle.
Wirikuta como centro de poder, como lugar de iniciación, como ruta de vida, como peregrinaje, como tierra de hikuri.
Uno nunca sabe como llegará a los lugares que le llaman la atención, lo mágico de la vida, lo improvisado, lo espontáneo, es que nunca sabemos como llegarás. Puedes crearte mil y una historias en la mente, pero al final, será algo que quizás, jamás imaginaste.
Quizás... los lugares te hacen el llamado, llamando a las almas que han de habitarlo, reconocerlo e integrar su energía. Reconociendo además, que por mucho que parezca un desierto insólito, en realidad está lleno de vida. Solo que es una vida distinta, como todas las demás.
Y así, un día, sin ni siquiera sospecharlo, llega una oportunidad de viajar hacia Wirikuta. La raíz de mi historia, el camino compartido de mis inicios, el lugar que aguarda la planta sagrada que es parte de mi aprendizaje y mi despertar.
Wirikuta fue un gran maestro, dulce, directo, cálido y frío. Me ayudó a reconocer las cosas como son en este presente, me hizo ver mi amor, mi herida y mi dolor, me hizo verme a mi misma y reconocer de nuevo el valor. Las máscaras van cayendo, la voz se va abriendo, el corazón se va liberando. Rendición.
Para llegar a Wirikuta se me presentaron diversas pruebas, las cuales tenían su solución a la mano. Bendiciones llegaron por todos lados, ajustándose a lo que se requería en el preciso momento. Wirikuta como hoja de ruta, donde tenía que ir... cuando todo se alinea, así como a mi me pasó, vas encontrando en el camino todas las herramientas que requieres para hacerlo.
Wirikuta también me mostró mi seriedad. Reconociendo mi lado más extrovertido cuando cruzo el umbral de la confianza y mi lado más de introspección, donde estoy en la observación con atención plena, y al mismo tiempo indagando en mi interior. Wirikuta me recordó mi timidez, y la abrazó, no hay nadie quién ser, más que tú misma.
Wirikuta me reflejó una muerte y resurección. La vida y la muerte, la muerte y la vida, todo pasando, todo al mismo tiempo y también en tiempos diversos. Siento que fui allí a morir, a dejar morir el velo de la ignorancia, de disipar las nubes y el humo. Fui a rendirme, ante la vida, ante el gran espíritu. Me rendí.
Wirikuta me llenó de fiesta. Me recordó el movimiento. Mi cuerpo que pide moverse con la música, no hay resistencia, el movimiento me lleva, la música la danzo, la música me lleva. La danza siempre se ha sentido tan bien en mi cuerpo. Creo que se siente bien en cualquier cuerpo.
Wirikuta me enseñó la admiración. Admirar a un maestro manifestar su virtud.
Wirikuta me recordó que algo que amo más todavía que escuchar música, es ver a los músicos tocar. Es un regocijo, es un agasajo, es puro placer, es puro disfrute. Y combinado con verlos, es bailar su música.
Wirikuta me enseñó a soltar, a viajar más ligera pero preparada con toques de comodidad, a viajar anticipada, a viajar abierta, me invitó a fluir. Wirikuta me invitó a recordarme, a verme como la viajera que siempre he sido.
Wirikuta llegó a mi vida sin planearlo, llegó como una oportunidad de cambio de ruta, de aventura salvaje. Llegó a mi vida como una búsqueda espiritual.
Así de misteriosa es la vida. Aunque muchas veces sepas hacia dónde te diriges, muchas veces la vida te hará invitaciones que puedes elegir tomar o no, eso ya dependerá de si esa invitación te parece atractiva, si es algo que hace vibrar tu corazón, o si por el contrario es algo donde no te verías ahí. Mucho del misterio y de los regalos de la vida, implica dar esos saltos al vacío confiando en que todo saldrá bien, aunque no tengas certeza de realmente nada.
Agradecida termino de este viaje, me lleno de mucho. Agradecida estoy por tener la oportunidad de conocer ese hermoso lugar, de comer de su medicina, de compartirla con seres bonitos y el permitirme vivir la experiencia.
Grandes maestros los que me encontré en el desierto.
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