El interés tiene pies
Cuando las acciones hablan.
Dar el salto de fe que uno está dispuesto a dar, es tener el valor de hacer lo que el corazón dice.
Cuando uno le hace más caso a sus dudas (la mente) que a su amor (el corazón) es una parálisis del destino… El amor se vuelve más contemplativo que activo.
El amor se queda atrapado en el mundo de las ideas. Puedes sentir una conexión cósmica, escribir poemas hermosos, y llorar por el otro, pero no hacer nada. El miedo convence a la persona de que “sentirlo es suficiente”, cuando en la realidad de la vida, el amor es un verbo que requiere presencia.
La gran reflexión como lección: El amor que le hace caso al miedo termina convirtiéndose en arrepentimiento o en una eterna nostalgia. Y el problema es que uno no se puede construir una vida con la nostalgia de alguien; se necesita de su valentía.
Es como crear justificaciones espirituales ante la cobardía… y puede ser la parte más difícil de procesar. Cuando la mente tiene miedo (a no ser suficientes al rechazo, al esfuerzo de lo que implica la relación), se usan conceptos como el “desapego” o el “fluir” para no admitir que se tiene terror.
En lugar de decir: “tengo miedo de luchar por ti y fracasarlo, dice: te suelto porque te amo y confío en el universo”.
Resultado: la persona se puede sentir “elevada” por su renuncia, mientras la otra persona se puede sentir “abandonada”, porque no hay acción / valor para sostener la relación.
Ser una persona que escucha su corazón; cuando amas te lanzas. Pero recuerda que hacerle caso al corazón no significa ser ciego. Mereces ser buscada, elegida y sostenida con la misma fuerza que tú eliges.
La reciprocidad no es un premio, es un cimiento.
Cuando el amor se vuelve valentía.
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